viernes, 14 de enero de 2011

Peligro público de primera instancia

Hace bastantes días que no me acerco por mi pequeño rincón tomareño de internet porque estoy inmerso en una empresa ardua, repleta de peligros y engaños, acuciada al triunfo forzoso. Puede parecer una tontería, pero dejar de fumar, después de veinte años haciéndolo, ocupa el cien por cien de mi débil voluntad de fumador empedernido.

Y es que, he caído en la cuenta gracias a los adalides de las buenas maneras, del buen rollito, de la igualdad desigual y de las unicidades desmesuradas, de que me he convertido en un auténtico agresor social, un peligro público de primera instacia y de audiencia nacional, un maltratador de los derechos, un agresor constitucional, un ser susceptible de apoquinar y solucionar en algo el derroche de los políticos a base de multazos. Y todo, por exhalar el humo de mi cigarro tomándome una cerveza o el culillo del café después de la tostada con zurrapa en el escueto hueco que separa la esquina de la barra del bar más cercano a mi casa y la puerta del mismo. Una distancia que no llega a cubrir medio metro, pero que para muchos, y los "derechistas" (los que hacen gala de sus derechos aunque no lleven razón) supone la invasión más execrable de su lastimosa y victimosa sensibilidad medioambiental.

Hasta ahí puedo entenderlo, hasta eso puedo hacerlo, porque en mi familia, lo que se dicen fumadores, sólo soy yo, y procuro lo indecible para que los míos no tengan de tragar las consecuencias de mi propio pecado, pero lo que no puedo soportar es la hipocresía, la desfachatez y el engaño que supone esta nueva ley estrella de un gobierno que se dedica fundamentalmente a dos cosas, a ocultar y disipar los problemas reales de todos los españoles con leyes absurdas (sobre todo en su forma) y a introducirse paulatinamente en la vida privada de cada individuo, a ocupar ese espacio único de libertad que le queda al ciudadano como anteproyecto de lo que los señores (----as) ministros llaman "cambio social". En esas estamos.

Bueno, al menos, a los fumadores, incluso a los que estamos intentando ser ex-es, nos queda la opción de que si alguien nos llama feos por la calle, gracias al sublime y excelso pensamiento lógico-racional de Leire Pajín, podamos recuperar lo que nos quitan (de pasta y de dignidad). Qué haríamos sin ella. Y es que, donde las dan, las toman.

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